top of page

Tartufo, ¡qué energía tan femenina!



La nueva propuesta de Venezia Teatro después de la aplaudida Los desvaríos del veraneo, se presenta con una energía similar y un reparto donde las féminas vuelven a imponerse, sobre todo, una divertidísima, controladora de su propia energía, Esther Isla y una sincera Marián Aguilera, que pisa firme el escenario. Una comedia alocada que se torna en drama en algunos momentos y que pone sobre las tablas a un Molière, versionado con ecos de actualidad por Pedro Villora, y con ideas brillantes de puesta en escena de José Gómez-Friha. Todo un descubrimiento esta compañía que va apuntalando su estilo, recortando lo inservible y aumentando los aciertos.


Tartufo conquista a Orgón. Lo hace con bonitas palabras de decencia y bendición, de austeridad y decoro. Orgón se deja engañar y lo convierte en su hombre, su héroe, su todo. Tanto que es capaz de entregarle su alma si se lo pidiese. Pero Tartufo sólo consigue engañar al hombre de la casa. Ni Elmira ni el resto de la familia son ingenuos pero no será fácil hacerle cambiar de opinión. “El amor propio nos obliga a engañarnos a nosotros mismos”, nos dicen en la cara.


Gómez-Friha arremete contra la escena con un montaje que nos hace disfrutar de la comedia de una buena versión diseñada por Villora con inclusiones contemporáneas en un texto clásico que las agradece y sorprende. La dirección contagia descaro y locura, aunque a veces algunas buenas ideas se alarguen innecesariamente. Geniales las salidas de la sala, las referencias al equipo técnico de la función y los momentos en los que el público es protagonista. Mención especial a Sara Roma como diseñadora de un vestuario muy atractivo, tejido al mínimo detalle.


Un lujurioso Ochandiano, echo en falta mayor cambio en su doble cara, en su doblez, se nos aparece ante nuestros ojos. Había ganas de conocer a su Tartufo, después de media hora de presentación, y no nos ha defraudado. Su mirada nos atrapa y nos conquista, aunque las horquillas de las extensiones nos despisten –hay que cuidarlo todo, compañeros-, y a pesar de que a veces excede en su ritmo pausado, no podemos dejar de mirarlo, de adorarlo, igual que le pasa a Orgón. Vicente León gana en la comedia pero pierde fuelle en lo dramático. A los enamorados se les podría haber dado más juego. Ignacio Jiménez no termina de darle credibilidad a su Valerio y sus movimientos acaban siendo un tanto forzados y espasmódicos; y Nüll García no consigue una estabilidad interpretativa, todo un acierto convertirla en marioneta física de todos. Pero, sin lugar a dudas, es la energía femenina la que inunda la función. Marián Aguilera –que consigue mantener el tipo ante algún espectador insoportable- y Esther Isla se llevan mi ovación. Aguilera es sincera cuando te mira a los ojos e Isla activa la obra, que decae levemente en el nudo, pare renacer en un desenlace apoteósico.


Tartufo nos presenta a ese pícaro que hoy se convierte en un engañabobos que engaña a la sociedad adormilada que nos acompaña. Triste pero cierto, todos nos hemos encontrado que algún mentiroso que nos pinta la vida de color de rosa. ¿Empleos con estructura piramidal? No, gracias.


 Últimas  
 Criticas  
bottom of page