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Eva ha muerto, la ira de Adán



Un relato animal, cargado de ira, de reproches, de amor y de soledad. La eterna agonía. La agonía permanente. A esto es a lo que se expone el Adán que se nos presenta en escena. Habla de un Dios vengativo, dictatorial, carcelero,… Y él mismo se expone a sus latigazos por las palabras mal dichas o la frase no terminada. Iván Hermes se sumerge en este texto de César Augusto Cair para darnos a todos una lección de entrega y generosidad.


Contar la verdad eternamente. Esta es la penitencia que Dios le ha puesto a Adán después de la muerte de Eva. No caben momentos de duelo, simplemente toca expresar el pecado original. Con rabia, con furia,... finalmente, no queda otro remedio. Nos convertimos en espectadores de las confesiones, miedos, sueños y tentaciones del primer hombre.


Eva ha muerto expone al espectador un discurso intenso, profundo y quebrantable. La fragilidad de un hombre desnudo y la fuerza de un discurso sin fisuras. El montaje que nos ofrece Cair no deja indiferente a nadie. La primera impresión del desnudo, que no dura más allá de diez minutos, deja paso a la emoción y los sentimientos; al desgarro y a la sensibilidad. Es cierto que el texto peca de un inicio lineal, en el que el mensaje no evoluciona, parece no ir a ningún sitio, a veces incluso tiende a la dispersión pero poco a poco, va cogiendo forma para adentrarse en el núcleo de la acción y en lo que verdaderamente le importa a Adán y, por ende, al espectador. La parte histórica, la narración más temporal se queda en un segundo plano y, aunque se alarga demasiado, se agradece cuando aflora lo importante. Y es que Eva ha muerto y eso produce algo en el espectador. Un texto a ratos poético que se adentra en la conciencia del ser humano como ser humano y en su sentimiento más profundo: el amor. Un análisis exquisito.


La labor de dirección de Cair no incide en un montaje con grandes sorpresas ni espectacularidades. Al contrario, se basa en la primera imagen de ese primer hombre desahuciado y la exporta al infinito. Y ese primer hombre es la base de Eva ha muerto. Su desgarro, su exhibición, su fuerza y su hombría, su fragilidad y resistencia. Ese contacto con la tierra, con lo que nos ancla como seres humanos y como animales, ese arraigo es el que el espectador se lleva a casa. La decisión de sacar al protagonista a veces de escena y dejar el espacio parece injustificada y resulta perezoso no haber estudiado una razón que ofrecerle al público más allá de la necesidad de hidratación del actor. El espectador, al igual que el personaje, sale de escena y, por mucho que el texto siga fluyendo, tiene que volver a remolcarse a lo que le están contando.


Y Eva ha muerto no funcionaría sin un actor entregado. Iván Hermes compone un personaje que evoluciona gota a gota desde el simio más encorvado a ese hombre que intenta entender el mundo que le rodea. Hermes crece con la mirada. Cuando logramos mirarle a los ojos, nos creemos el sufrimiento de su personaje y nos quedamos con lo que nos transmite. Su cuerpo tiene fuerza y empaque pero sus ojos expresan más e impacta cuando se nos ofrecen. Generoso y sin miedos, Hermes se descompone en escena y entrega verdad al público. Sin más compañía que la tierra que pisa y mancha su cuerpo, la concentración y el contacto con las tripas son elementos que el actor utiliza a su antojo, aunque podamos echar de menos más variaciones de energía en algunos momentos.


Eva ha muerto se convierte en una exhibición generosa de trabajo actoral y de amor por la profesión. Un texto con altibajos que Iván Hermes, y la capacidad de Augusto Cair para dirigirlo, consigue sacar adelante con ganas y tesón. Un texto donde, a pesar de todo, lo que ahonda es en el amor y en la pérdida. Y es que Eva ha muerto.


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