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Mi hermano es un moderno, la vida por delante



“Esta obra es una obra de valientes, de cantantes que se dejan el alma por actuar y de actores que se dejan el alma por cantar”, así celebró ayer el Día Mundial del Teatro Secun de la Rosa, autor y director de Mi hermano es un moderno, un nuevo musical con muchos ingredientes para triunfar en Corredera Baja de San Pablo. Otros, habrá que matizarlos y pulirlos, pero la energía y las ganas no faltaron en el escenario.


Con aires a un Hoy no me puedo levantar low cost, Mi hermano es un moderno llena el escenario de la energía y los sueños propios de la juventud. A esa energía, hay que incluirle las ansias de libertad y la creencia del todo vale de la época, finales de los 70, en la que los más jóvenes explotaron Madrid hasta lo imposible. Quiero una banda de rock&roll, arte y creatividad en ebullición, la efusión de la amistad arrolladora y el último goteo de ese huracán que es la vida. Todo esto pasa en escena y el público lo disfruta gracias a las buenas composiciones que vibran sobre el escenario. Única y vibrante esa de ‘Es la vida’.


Perico no tiene ganas de descubrir el mundo pero casi se lo ponen delante y se lo tiene que comer. Acompaña a su hermano Santi en sus conciertos, le hace fotos y lo protege, intenta que sea responsable pero está ante un imposible. Su hermano es un moderno. Y eso es a lo que aspiraba toda la juventud y así lo demuestran los personajes que desfilan por Mi hermano es un moderno.


Secun de la Rosa diseña un montaje pasional, tanto, que a veces se le escapa la fuerza por la boca. La función tiene un buen arranque musical, ingrediente esencial, el buen arranque, no la música, que esa no es imprescindible pero ayuda, para que el público te acompañe durante toda la obra. Cristina Rueda, un poco desafinada a veces en la parte interpretativa –aunque es un lujo escucharla cantar-, abre el espectáculo, con energía y soltura, la misma energía y soltura que pretende transmitir el montaje. Y es que Secun de la Rosa define esta función como algo vivo y eso no falta sobre la escena. Esa pasión a veces se desborda y suena estridente pero ya llegará el turno de afinarlo todo. Para los primeros pases, más vale más que menos. De donde no hay no se puede sacar pero de donde hay demasiado, siempre se puede recortar.


Ser una superestrella. Ese es el leitmotiv de los personajes. Aunque para eso tengas que destruirte a ti mismo. Xavi Melero crece durante la función y sorprende vocalmente, al igual que Tania García, una pena que patine en la parte más trágica. El espíritu de Ana Hurtado revolotea cada vez que sale a escena y es imposible apartarle la mirada. Un personaje que da comedia a raudales. Edu de Tena la acompaña en la comedia pero con una velocidad en sus textos y una dicción irregular que hace que lo perdamos en muchas ocasiones. Sara Vega es más pose que actuación y no consigue convencernos, al igual que el personaje más desdibujado, interpretado por Fernando Ramallo, que cumple pero sabe a poco. Jorge Monje acierta en su papel, aunque pierde dicción cuando canta. El elenco, como dice su director, se deja la piel en el plano interpretativo y vocal, pero todavía falta encontrar el punto intermedio que haga que todos brillen en todo. Hay trabajo por delante pero nos encontramos ante un genial punto de partida.


En este musical no hay bailarines, ni nos encontramos ante una superproducción de Broadway pero sí hay música en directo, con la banda presidida por Pablo Méndez, y las mismas ganas de hacer disfrutar al espectador. El texto, quizá un poco manido, con sorpresas esperadas y tendente a la precipitación llegando al final, no consigue que el espectador aplauda el derroche de talento sobre la escena.


Disfrútala dentro de la cartelera que te ofrece el Club YMás.


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