La Décima Musa, feminismo e igualdad
- 7 jul 2016
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Antes de que la función comience, admiro el teatro, sus piedras y sus años de historia. ¿Cómo debe ser actuar allí? Un encuentro con la esencia del teatro, con sus bases y su calor. Comienza La Décima Musa e Ignasi Vidal y David Ordinas bajan la escaleras de las más de 3000 butacas del teatro. Su comienzo es divertido, juegan muy bien juntos y se divierten en escena. Se notan nervios que se disipan al pisar la piedra. Arranca la función. Como ese “¡Quién tuviera una musa de fuego…” de Shakespeare en Enrique V, Apolo y Baco advierten al espectador de lo que van a ver y de lo que no pueden hacer durante la hora y media de espectáculo. Esperamos atentos la presencia y la voz de Paloma San Basilio y no se hace de rogar.
Dirigido por Josep María Mestres y bajo la dirección musical de Juan Esteban Cuacci, La Décima Musa se presenta como un musical de historietas mitológicas, de historias clásicas donde la mujer, por fin, se convierte en protagonista y reivindica su papel en la historia, su versión de los clásicos, dándole una vuelta de tuerca a lo que siempre se ha dicho de ellas. Igualdad y feminismo, dos palabras que no suelen escucharse en los clásicos.
La Décima Musa es una mezcla incierta de mitología, teatro clásico y montaje musical. Un espectáculo bello y dulce. El humor bien marcado en las ocasiones acertadas y el toque de actualidad hace que el montaje tenga una frescura provechosa y aligera una función que vaga con rumbo entre el musical clásico, la comedia de cámara y una canción de Disney. El texto que nos presenta Guillem-Jordi Graells no es demasiado profundo pero sí eficaz. Podría haberse jugado mucho más los nexos entre historias para que la justificación para contar lo que se cuenta no fuese tan evidente. La comedia funciona en el espectador y se agradece ese tratamiento. Sin embargo, no convence el drama. El código cómico previo hace que el público no entre en la tragedia de Antígona y ésta quede descafeinada. Fedra se presenta con la misma esencia pero su ruptura se aplaude y es un regalo.
Si el drama escénico no funciona, sí lo hacen sus canciones –aunque algunas letras podrían estar más cuidadas-. Ignasi Vidal y David Ordinas entonan sus voces con fuerza para cantar un repertorio que busca el efecto aplauso. Y lo consigue, vaya si lo consigue. Merecido. Por su parte, es un lujo y un placer escuchar la voz de Paloma San Basilio. Envidiable. Voces que brillan, que envuelven el teatro y te abrazan tanto con su dulzura como con su potencia. El espectáculo suena majestuoso y se siente emocionante. El reparto se emociona al darse cuenta de lo que le rodea y eso se nota en sus voces y en su fuerza escénica, aunque a veces el espectáculo peque de estático, los intérpretes contienen su cuerpo y expulsan ese impulso por la voz. Ordinas no convence como Creonte pero sí lo hace en el resto de sus papeles, divertido, sensual y con presencia cuando le toca. Vidal impone y se impone en escena, lo noto relajado pero en su sitio, aunque algo desubicado en los pocos momentos coreográficos que tiene. Paloma San Basilio a nivel interpretativo convence cuando le toca hacer de diva y musa altiva, muy cómica cuando le dicen “¡Qué dolor de mujer!”, aunque le cuesta más resolver los momentos trágicos.
Después de dos números finales apabullantes –especialmente divertido ese ‘Todo lo que tú haces yo puedo hacerlo’ con coreografía a lo ‘New York, New York’ y duelo de voces incluidos-, el público se levanta y se pone en pie. Y no es para menos. El Festival de Mérida se inaugura por todo lo alto, con grandes voces, unas cuantas risas y melodías afinadas.
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